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Un Sorrentino más contenido canta a la honestidad de la política

Poster de Un Sorrentino más contenido canta a la honestidad de la política
Por Javier Heras
Toni Servillo, premiado en Venecia, encarna a un presidente italiano a punto de jubilarse en 'La Grazia', el mejor filme de su autor desde 'La gran belleza'

El maestro Paolo Sorrentino, ganador del Oscar por La gran belleza (2013), retrata la utilidad de la política, hoy tan denostada, así como su lado más humano y dialogante. En La Grazia, su muso Toni Servillo, premiado con la Copa Volpi en el último Festival de Venecia, se mete en la piel del presidente de la República Italiana. Después de toda una vida al servicio de la justicia y del Estado, le quedan apenas unos meses para jubilarse y siente la presión del tiempo y del legado que dejará. Austero, católico y viudo, se cuestiona su propia rigidez moral al afrontar una nueva ley de eutanasia, propuesta por su propia hija, jefa de gabinete (Anna Ferzetti). También reflexiona sobre si conceder el indulto a dos casos privados ambiguos y muy mediáticos. Y se atormenta por la sospecha de que su mujer, hace décadas, tal vez le fue infiel. En este canto crepuscular, el director napolitano (1970) regresa a los temas que recorren toda su carrera, en joyas como Youth o como Fue la mano de Dios: la vida, la muerte, el amor, la amistad, la belleza, la decadencia.

No es la primera vez que Sorrentino dirige su mirada hacia el mundo de la política. Sin embargo, el tono de farsa amarga, satírica y desencantada, de Il divo (2008), en torno a Giulio Andreotti, y de Silvio (y los otros) (2018), biopic sobre Berlusconi, da paso aquí a una visión más humanista, empática, llena de cariño y dignidad. Ese presidente ficticio llamado Mariano de Santis ha llevado por bandera la rectitud, la ley, el orden. Pero a punto de dejar su cargo se encuentra en una encrucijada ética, se pregunta por los límites del deber y la libertad personal. La Grazia reivindica la capacidad tan humana de dudar, de sentir contradicciones. Siempre desde el sentido de responsabilidad, al contrario de la corrupción y la ambición de poder de tantas figuras públicas actuales. De la misma manera, se reconoce a Sorrentino en su estética portentosa, el preciosismo de la puesta en escena, la fotografía y el montaje, la ironía y el gusto por ciertos excesos grotescos, tan herederos de Fellini. Pero todo esta vez resulta más contenido, melancólico, incluso clásico. Sí, hay personajes excéntricos y alguna escena kitsch, pero se impone un guión profundo a la vez que muy divertido, con diálogos densos y también ácidos, un tono sosegado, poético, introspectivo.