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En el moderno montaje milanés del ‘Orfeo y Eurídice’ de Gluck, el peruano alcanza su madurez como tenor. El jueves 12 de noviembre a las 19.00 se podrá ver en Cines Van Gogh

Ahora que los principales teatros de ópera europeos se mantienen cerrados por la pandemia, al menos queda el consuelo de las grabaciones. En 2018, La Scala de Milán puso en escena un Orfeo y Eurídice de muchos quilates, que llegará a Cines Van Gogh el jueves 12 de noviembre a las 19.00.

Esta evocadora producción reunió a varios nombres de prestigio mundial. Para empezar, el regista inglés John Fulljames (1976), quien apostó por un decorado oscuro y despojado, sin apenas elementos, y por un uso teatral y muy plástico de la iluminación. Incluso subió a la orquesta al escenario, como un elemento visual más. En el montaje se nota la mano del coreógrafo israelí Hofesh Schechter (1975): sus pasos combinan movimientos primitivos con otros de danza contemporánea; a ratos parece una rave apasionada y salvaje.



Aun así, es el elenco el que merece un capítulo aparte. Los tres protagonistas aúnan juventud, técnica depurada, belleza tímbrica y -por qué no admitirlo- atractivo físico. A la cabeza, el tenor peruano Juan Diego Flórez (1973), en el mejor momento de su carrera: con los años, su voz ha madurado y, sin perder la agilidad y los agudos que le dieron la gloria en sus comienzos (en el bel canto rossiniano), ha ganado potencia y densidad en el registro central, lo que le permite abordar papeles más líricos. Ya había triunfado como Orfeo en Londres, y aquí convenció al siempre puntilloso público lombardo. Sobresalen los dúos con la soprano alemana Christiane Karg (1980), de gran musicalidad y pureza de línea. Por su parte, la jovencísima egipcia Fatma Said (1991) brilló en las coloraturas.



El teatro milanés presentaba por primera vez en su versión francesa este título, uno de los pilares fundamentales del repertorio. Christoph Willibald Gluck (1714-1787) lo cambió todo. Fue el maestro que estableció las bases para que pudieran llegar Mozart, Verdi, Strauss, Puccini. El compositor, educado en Praga, Milán, Londres y Viena, reformó completamente la lírica europea del siglo XVIII. El alemán se dio cuenta de que en el Barroco se había perdido el contenido, sacrificado por el lucimiento de los cantantes y la complacencia de los compositores. No se respetaba la partitura; todo había degenerado en parodia.



Para recuperar la pureza perdida, este visionario tomó como referencia la tragedia griega y buscó unir la música y el drama. Todo tenía que estar justificado por la acción o la letra, así que eliminó adornos vocales y efectos gratuitos. Con un lenguaje sentido, sencillo pero lleno de fuerza y claridad, presentó a seres humanos sin descripciones exuberantes o sentenciosas. Prohibió que los solistas hicieran lo que les viniera en gana. También introdujo los recitativos acompañados de orquesta (no solo de clavecín seco), reforzó el coro y las danzas, enriqueció la instrumentación con el arpa o el chalumeau (precursor del clarinete)… Su estilo influyó, claro, en Beethoven y Wagner y en el drama musical. El conjunto importa más que los números aislados.



Gluck desarrolló su reforma de manera teórica (en el prólogo de la ópera Alceste), y la puso en práctica en Orfeo y Eurídice, su obra más representada. Un poema diáfano en tres actos, con solo tres personajes -la pareja del título y el dios Amor-, acerca del mito griego sobre el pastor enamorado que desciende al Hades para rescatar a su difunta esposa. Con libreto en italiano de Raniero di Calzabigi y un protagonista castrato, causó sensación en su estreno en 1762 en Viena. Doce años más tarde, en la versión traducida al francés, su autor transportó a Orfeo a la tesitura de tenor.


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